La historiografía europea de los años 50 y 60 era aún muy ‘nacional’, en el sentido de que la francesa era muy francesa, la inglesa muy inglesa y la italiana muy italiana. Había, ciertamente, modos internacionales de construir y abundantes relaciones entre historiadores de distintas naciones, pero nada podía impedir que fuera distinto el analismo francés al germano, o el marxismo inglés al italiano. Quizá incluso pudiera hablarse de una cierta ‘coquetería de la diferencia’ en cada una de estas historiografías nacionales, con independencia de reconocer -como se reconocía- la primacía de la historiografía francesa.

En España también existía una cierta historiografía nacional, es decir, un denominador común del hacer historiográfico. Desde luego, era de los más pobres y aislados de Europa occidental. Pero podía haberse mostrado, a fuer de nacionalista, orgulloso de sí mismo, y haber hecho ostentación de que España era diferente.

Esto no ocurrió. El mundo de los historiadores académicos españoles padeció un consciente complejo de inferioridad internacional. Lo escrito por los hispanistas era necesariamente mejor que lo escrito por los españoles, y el afortunado que había visitado universidades del exterior -por breve que hubiera sido la estancia- volvía nimbado por el aura de haberse lavado en el Ganges de la modernidad. Nadie contradecía este parecer: era evidencia asentada.

Felipe Ruíz Martin se benefició de esto, pero él fue realmente bueno.

Encuentro con Javier Arce

En la presentación de “Ejércitos, guerras y colonización en la Hispania romana”: http://www.urgoitieditores.com/ej%C3%A9rcitos-guerras-y-colonizaci%C3%B3n-en-la-hispania-romana (Museo romano Oiasso, Irún), el profesor Arce nos ilustró apasionadamente sobre la vida y obra de Antonio García y Bellido, desde que le fichó (tras invitarle a “un tercio” de cerveza) como ayudante para su cátedra de la Complutense en la Semana de Estudios Medievales de Estella (Navarra) en 1970, donde él había presentado una comunicación: «Le ofrezco 10.000 ptas. y la posibilidad de una beca si se viene a Madrid para ser mi ayudante de clases prácticas en la Universidad Central. Con eso podrá ir al cine al menos una vez por semana» -le dijo. Por supuesto, era una oportunidad que no podía rechazar, aunque iba a ganar 7.000 ptas. menos. Arce se encargó de dar sus clases prácticas pero, además, el maestro le obligó a escribir reseñas en la revista Archivo Español de Arqueología y a presentar comunicaciones en los congresos, y le recomendó encarecidamente que visitara los lugares arqueológicos. Desde entonces, reconoce que, a pesar de no ser discípulo directo, ha procurado permanecer siempre fiel a su memoria y a sus modos de trabajar y entender la arqueología clásica. Javier Arce dibujó a García y Bellido como un hombre amable, confiado, generoso, aunque rígido y estricto y, por otro lado, como un científico independiente, intuitivo y osado en sus propuestas científicas, aunque estas fueran a contracorriente. Un arqueólogo para quien la autopsia, los viajes y el conocimiento directo del paisaje arqueológico eran esenciales en la profesión, y quien, por encima de todo –insistió- prefería la investigación personal.

Entre los asistentes a la presentación, que se desarrolló en un ambiente muy agradable, se encontraba una alumna de García y Bellido en aquellos convulsos años de finales de la dictadura que compartió sus recuerdos del profesor de arte romano serio y riguroso.

Sirvan estas líneas, también, de agradecimiento al Museo Oiasso y, especialmente, a Mertxe Urteaga y al profesor Arce, organizadores y promotores del evento.

Sobremesa palentina en 1952

Marcel Bataillon (1895-1977)

El azar depara en ocasiones situaciones únicas. Es lo que le ocurrió a Felipe Ruiz Martín, el autor de nuestro próximo libro La banca en España hasta 1782, una tarde primaveral de 1952. Aquel día, el entonces catedrático de instituto en Palencia, fue invitado por Fernando Unamuno (hijo del gran don Miguel) a tomar el café en su casa. Unamuno tenía un invitado especial, el gran Marcel Bataillon, “príncipe de los hispanistas”. Bataillon había publicado en 1937 su gran (¡y monumental!) obra, Erasme et l’Espagne, y por aquellos días visitaba el cercano archivo de Simancas para rebuscar entre sus legajos. Pues bien, en aquella sobremesa, Bataillon pudo comprobar con asombro que aquel humilde profesor de provincias (y en la España de los 50…) conocía perfectamente su obra, citando incluso pasajes y contenidos de memoria. A Bataillon, una vez de regreso en París, le faltó tiempo para comunicar a Fernand Braudel (el gran renovador de la historiografía europea) el “mirlo blanco” que había localizado en España. A los pocos meses Felipe entraba ya en el círculo de Braudel. Con el tiempo sería el más fiel amigo y discípulo español del maestro de la Escuela de los Annales, y, gracias, entre otras cosas, a este feliz encuentro, llegaría a ser el primer catedrático de Historia Económica de la universidad española.

“En defensa de la librerías”

Hoy 5 de enero, un gran día para las librerías, queremos hacernos eco del artículo que con este título publicaba Jorge Carrión en Cultura. El País (29-11-15), y promocionar, de algún modo, desde nuestro rincón de editorial pequeña, pero al mismo tiempo elegante, culta y luchadora, la campaña “benditas librerías” que nunca se ha llevado a cabo y que tanto merecen los viejos libreros “que nunca mueren” y cuya figura reivindicamos. Como escribe Carrión, en su memoria “se conserva un patrimonio que casi nunca se puede descubrir en las paredes de sus librerías o en sus páginas web”.

Mientras se publicita incansablemente la expansión de Amazon y se insiste en la extinción de las librerías, que no van a poder competir con el gigante norteamericano, nosotros sabemos que sobrevivirán “como centros emocionales, como centros culturales, como centros de distribución de libros a todos aquellos que siguen prefiriendo comprarlos en persona” y para los que “el papel de regalo, la dedicatoria o el café forman parte del ritual y de la artesanía que continuamos asociando con la cultura libresca”.

El artículo completo en http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/29/actualidad/1451383761_954736.html

Esquivando la censura

    La banca en España hasta 1782, el libro de Felipe Ruiz Martín que próximamente publicaremos en nuestra colección “Historiadores”, tiene una curiosa historia. Se publicó en 1970 en forma de largo artículo que abría un volumen colectivo titulado El Banco de España. Una historia económica. Pues bien, a pesar de que el libro venía avalado por tan alta institución y era prologado por el entonces gobernador del Banco, se cruzó por medio un incidente que condenó al libro, preciosamente editado, al ostracismo de los sótanos de tan alta institución. Desde entonces se convirtió en un objeto de culto entre los lectores y aunque fue llegando de manera subrepticia a los interesados, no pudo tener la difusión que merecía.

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Al fondo a la derecha… junto a los baños y tras el arpa

    Y es que nada menos que el famoso oro de Moscú tuvo la culpa. Resulta que en uno de los artículos del libro, el profesor Juan Sardá desmontaba el viejo tópico franquista sobre el destino de las famosas reservas. Pues bien, por aquellos días un ministro de Franco fue interpelado sobre cuándo iban a restablecerse las relaciones diplomáticas con la URSS. “¡Cuando nos devuelvan el oro!”, respondió dignamente el prócer. Algún funcionario se dio cuenta de que el reciente trabajo de Sardá dejaba en muy mal lugar a tan claro varón, por lo que precipitadamente se ordenó la retirada de la edición, que quedó silenciosa y cubierta de polvo, como el arpa de Bécquer, en algún ángulo oscuro de los sótanos ministeriales.

Un siglo vivió Manuel Gómez Moreno (1870-1970). Cien años en los que alumbró uno de los grandes corpus de la historiografía española de la pasada centuria. En 1958, con 88 años, publicó Adam y la Prehistoria, un volumen en el que el autor, profundamente católico, proponía una crónica del hombre que conciliaba el Génesis con la biología y la antropología. “Un camino hacia la puesta del hombre dentro de la Creación universal, exaltado en espíritu y, a la vez, inserto su ser físico en lejanías del mono, pero no reñido con él”. Una doble intención hoy anacrónica, pero que
refleja el ambiente científico y el contexto sociopolítico de la época en la que se escribió.

Juan Pedro Bellón grande

Juan Pedro Bellón

La obra ha sido reeditada ahora por Urgoiti Editores, con un estudio preliminar de Juan Pedro Bellón, doctor en Humanidades por la Universidad de Jaén. El investigador reconstruye la gestación del trabajo de Gómez Moreno, que el propio autor calificó de pseudocientífico. Y, sobre todo, recupera la figura de un historiador enciclopédico, maestro de generaciones de arqueólogos, pionero en el estudio de la Alhambra, las tumbas reales de El Escorial, la cultura ibérica o Tartessos.

Gómez-Moreno y la escritura ibérica

Cien años de vida dan para mucho, más aún si durante casi ochenta años mantienes una actividad intelectual incesante. Este fue el caso de Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), protagonista de uno de nuestros recientes trabajos.

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Como explica Juan Pedro Bellón en el espléndido estudio preliminar (de 264 pp.!!) que abre nuestro volumen, Gómez-Moreno frecuentó diversos campos, desde la Historia del Arte (con trabajos señeros, como el que dedicó en 1919 a las Iglesias mozárabes) a la Prehistoria, pasando por la escultura del Renacimiento o la Hispania romana.

Pero sin duda uno de sus mayores hitos como investigador fue la culminación de una tarea que los estudiosos habían comenzado 400 años antes: el desciframiento de la escritura ibérica. Valiéndose de dos tipos de materiales: las inscripciones greco-ibéricas (en escritura griega pero en lengua ibérica), y las leyendas de las numerosas monedas conservadas (algunas bilingües), en 1922 logró dar con la clave que había faltado a los numerosos investigadores que, antes que él, se habían “quemado las cejas” sin dar con una solución: se trataba de una escritura semisilábica, en la que una parte de los símbolos representan sílabas (ba, ta, ka, be, te, ke…), mientras que otros expresaban un solo sonido, ya fueran vocales o consonantes.

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Gracias a su descubrimiento, y a trabajos posteriores de otros investigadores, hoy podemos leer fonéticamente estas inscripciones (se conservan unas dos mil), y podemos por lo tanto transcribir los signos a nuestro alfabeto. Por desgracia, la gramática y el vocabulario ibérico siguen todavía siendo en buena medida un enigma, y por ello aún no podemos entender el significado de sus palabras. Quizás hoy mismo, algún “nuevo Gómez-Moreno” se esté formando para que un día no muy lejano logremos hacerlo. Se abriría así un gran foco de luz en la penumbra (y a ratos casi oscuridad) que aún se cierne sobre la España prerromana.

Como ya sucediera con la serie Isabel, protagonizada por Michelle Jenner y Rodolfo Sancho en el papel de consorte de Aragón, el reciente estreno en Televisión Española de Carlos, Rey Emperador está propiciando un renovado interés por la historia germinal de este viejo estado europeo hoy cuestionado llamado España. Un interés que en la mayoría de casos se queda en el seguimiento semanal de la trama y el intercambio de impresiones con amigos y vecinos, acaso enriquecido con las opiniones de asesores históricos y expertos que comentan la jugada junto con actores y director después de cada capítulo, en el espacio El mundo de Carlos. La atmósfera de esta serie de excelente factura y el improbable rey interpretado por Álvaro Cervantes transmiten una idea un tanto estilizada de aquellos reinos a los que arribó el futuro emperador. Para empezar: el puerto de Tazones de la Historia es en la serie la vistosa –y nudista– playa llanisca de Torimbia. Pese a todo, el espectador atento y desinformado obtendrá un conocimiento plausible de la historia de Carlos y sus dominios peninsulares, y eso, en esta España de planes de estudios astillados por las berreas ideológicas no deja de ser meritorio. Confiando en que algunos televidentes curiosos quieran abundar en Carlos y su tiempo y, ya que estamos, en lo que construyó y vendría después, he aquí algunas recomendaciones bibliográficas.

Empezando por el Carlos V que muy oportunamente acaba de publicar Urgoiti Editores. El sello navarro ya ofreció hace cuatro años uno de esos excelentes libros olvidados que gusta de rescatar, Vida de Carlos V después de su abdicación, del norteamericano William H. Prescott (1795-1859), que no sin cierta retranca nos presentaba a un emperador emérito en plan paisano, renuente a seguir recomendaciones dietéticas y demasiado expuesto a las precarias condiciones de su retiro extremeño. Ahora es el turno de esta biografía de Louis-Prosper Gachard, que permanecía inédita en español y que sus editores presentan como “la primera gran monografía sobra Carlos V de la moderna historiografía europea”. Gachard (1800-1885), que nació francés pero terminó siendo belga tras los avatares políticos de los Países Bajos donde se instaló bien joven con su familia, fue uno de los hispanistas más importantes del siglo XIX. Fue el primer historiador extranjero, y uno de los primeros en general, que tuvo la suerte de consultar el Archivo de Simancas, donde documentó un buen número de trabajos sobre la España del XVI. No obstante esta es su obra más ambiciosa, realizada tras décadas de estudio y para ser incluida en 1872 en el que fue uno de los más tempranos diccionarios biográficos europeos, precisamente el belga. Gachard, archivero jefe de los Reales Archivos de Bélgica, ilustra a la perfección el fetichismo positivista que en aquella época suscitaban para los historiadores los polvorientos e inexplorados repertorios documentales, surtidores de pruebas tangibles y fidedignas para responder a los enigmas del pasado. En el contexto del joven estado belga, anhelante de héroes venerables con los que construir una identidad fuerte ante las potencias y naciones circundantes, el estudio y reivindicación de Carlos tenía además un elevado sentido patriótico-.

Adam y la prehistoria

¿Cabía hablar, a las alturas de 1958, de Adán (Adam, en la muy particular terminología del autor), o Noé en un libro de prehistoria? Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), autor de una ingente producción científica en una gran amplitud de campos, quiso articular una prehistoria sin conflictos con el Génesis, con una vocación, enraizada en su filiación institucionista, de establecer un nexo constructivo entre la ciencia y la sociedad. Juan Pedro Bellón, en un espléndido estudio preliminar, desentraña las claves de estas páginas y la trayectoria multifacética del autor, sin duda uno de los grandes nombres de la historiografía española del pasado siglo.GOMEZ-MORENO-sLIDE

Emperador Carlos V

La figura del emperador Carlos V ha cobrado últimamente tintes mediáticos, gracias al éxito de la serie que ahora mismo está emitiendo RTVE. No negaremos que ¡nos ha venido de perlas!, pues hace unos meses sacamos a la calle nuestro propio Carlos V, la gran biografía que el hispanista belga Louis-Prosper Gachard le dedicó en 1872, después de décadas de trabajo. Décadas no, pero sí algunos años nos ha llevado a nosotros preparar con mimo este rescate. Y decimos rescate, con toda la fuerza de esta palabra, porque esta biografía llevaba mucho tiempo durmiendo el sueño de los justos, como suele decirse, y no solo porque tenga ya más de 140 años (que también), sino porque fue publicada en su día como una voz, la entrada “Charles-Quint”, en el tomo III de un gran diccionario biográfico belga. Desde luego, estaba escondida, y nunca la hubiéramos encontrado si no fuera porque un día nos saltó a los ojos leyendo un estudio de otro gran autor (también olvidado…) Rafael Ballester, quien, en un trabajo ¡de 1921!, decía, literalmente, que “cincuenta años después de su publicación, sigue siendo el mejor trabajo moderno que puede leerse acerca de Carlos V”.

Carlos V de RTVENi un solo ejemplar del original encontramos en las bibliotecas españolas y hubo que recurrir a una biblioteca universitaria francesa. A partir de ahí, largos meses de trabajo, de traducción fatigosa del original y de nuevas pesquisas hasta encontrar con el autor ideal para el estudio preliminar que acompaña nuestro libro: otro belga, Gustaaf Janssens.

El esfuerzo ha merecido la pena y, con un punto de orgullo, podemos mostrar esta gran biografía, rescatada para lector del siglo XXI, seguramente superada después de más de un siglo de nuevas investigaciones, pero que se lee con pasión de la mano de un autor que no puede disimular su empatía y admiración por el Emperador.

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