Enrique García Riaza (Universidad de las Islas Baleares) en su reseña de Ejércitos, guerras y colonización en la Hispania romana de García y Bellido publicada en Gladius, ensalza la labor de recuperación de clásicos de nuestra historia realizada por Urgoiti.

Urgoiti Editores es responsable desde su nacimiento, hace ya dieciséis años, de la publicación de monografías orientadas a una finalidad digna de encomio: “conocer el patrimonio cultural legado por nuestros historiadores”, como expresamente se declara en la introducción a su catálogo. Este planteamiento implica reconocer en (u otorgar a) la historiografía contemporánea un valor intrínseco que trasciende su mero valor instrumental, y justifica la razón de ser de una empresa original, tan necesaria como arriesgada. El proyecto se articula en dos propuestas editoriales. La “Colección Grandes Obras” pone al alcance del lector contemporáneo una serie de aportaciones señeras, injustamente olvidadas o de dificultosa accesibilidad en la actualidad, siendo especialmente atractivas para los estudiosos de la Antigüedad la Arqueología española de José Ramón Mélida, la Historia de Numancia de Adolf Schulten, De Caliclés a Trajano. Estudios sobre historia política del Mundo Antiguo, debida a Santiago Montero Díaz o la Etnologia de la Península Ibèrica de Pere Bosch Gimpera. Paralelamente, el sello propone la “Colección Historiadores”, en la que se ofrece una serie de artículos de personalidades clave en el desarrollo de nuestra disciplina. El énfasis se centra aquí en el investigador mismo, de modo que el criterio empleado para la elaboración del elenco de trabajos radica en ofrecer un panorama plural que ilustre la trayectoria científica de cada autor. Ya han visto la luz en esta colección veinticuatro entregas, y cabe señalar la, hasta ahora, escasa presencia de figuras relacionadas con la Arqueología, la Prehistoria o la Antigüedad, con sólo tres volúmenes. En 2012 se dio a la imprenta la obra dedicada a Abilio Barbero y Marcelo Vigil, bajo el título: Visigodos, cántabros y vascones en los orígenes sociales de la Reconquista. Tres años más tarde ha sido incorporado al catálogo Adam y la Prehistoria, centrado en la trayectoria de Manuel Gómez-Moreno, así como el volumen dedicado a la figura de Antonio García y Bellido, para el que se ha elegido el inclusivo título de Ejércitos, guerras y colonización en la Hispania romana.

Resulta indudable que el mayor acierto de ambas colecciones ha sido el de contextualizar cada una de las obras mediante sólidos estudios preliminares, que, en ocasiones, se erigen por sí mismos en aportaciones historiográficas de gran fuste. La Editorial ha confiado esta tarea, felizmente, a profesores universitarios especialistas, contribuyendo así a superar la preocupante marea de la vulgarización (que no divulgación), tan dominante hoy en los medios, que acosa y confunde al lector amateur mejor intencionado. El rigor preside, pues, esta iniciativa, tanto en la selección de historiadores como en la nómina de sus prologuistas.

Desde tales premisas, la llegada a la “Colección Historiadores” de una obra dedicada a García y Bellido resultaba imprescindible. No parece necesario recordar aquí la significación del citado investigador, y su papel fundamental en la génesis y consolidación en España de las disciplinas científicas de la Arqueología y la Historia Antigua, por cuanto tales aportaciones han sido ya subrayadas en diversas publicaciones[1]. Para glosar esta figura se han seleccionado cuatro artículos. El volumen presenta, en primer lugar, “Bandas y guerrillas en las luchas contra Roma” (1945). Originariamente concebido como discurso de ingreso a la Real Academia de la Historia, este trabajo es, probablemente, uno de los mejores y más influyentes ensayos históricos de García y Bellido. Entre sus aportaciones, la integración de los pueblos prerromanos en el ámbito de la Antigüedad como actores positivos frente a Roma, y el desarrollo de la perspectiva socio-económica en el análisis de los movimientos subversivos, en una línea interpretativa trazada ‒aunque desde otras premisas ideológicas‒ por Joaquín Costa, como se ha recordado recientemente[2]. El segundo trabajo incorporado al libro, “Las colonias romanas de Hispania” (1959) es obra de un investigador plenamente consciente de que la compilación que ofrece debe ser entendida como “materiales para un catálogo aún más amplio, pero materiales sin cuyo conocimiento y previa depuración es imposible acometer el otro más ambicioso” (p. XXXIII y 67). Y es que, en efecto, esta ordenación de conocimientos ha constituido la premisa (no siempre confesada) de muchos trabajos actuales. Resulta especialmente encomiable el esfuerzo de sistematización de datos y su aproximación multidisciplinar, que venía a enriquecer con apuntes arqueológicos por lo que respecta a la península ibérica la gran obra de Friedrich Vittinghoff, Römische Kolonisation und Bürgerrechtspolitik unter Caesar und Augustus, aparecida en Wiesbaden hacía siete años. Por su parte, “La latinización de Hispania” (1967) presenta a un García y Bellido ya consolidado como historiador, demostrando un uso ponderado y metodológicamente impecable de la documentación literaria, así como de la evidencia epigráfica disponible en la época. El volumen se cierra con “El ejército romano en Hispania” (1976), obra póstuma concebida como Apéndice a la edición castellana de Die römischen Streitkräfte am Niederrhein, de von Petrikovits, originariamente publicada en Düsseldorf en 1967. García y Bellido ofrece aquí un relato de la expansión romana en la península ibérica ‒en clave de conquista, ciertamente‒, presenta las evidencias sobre las legiones en Hispania y concluye elaborando un catálogo de figuras con sus respectivos comentarios.

romanosLógicamente, no todos estos trabajos han resistido con igual incolumidad el paso del tiempo, entre otras razones a causa de los extraordinarios avances en el conocimiento arqueológico de las últimas décadas y la aparición de nuevos enfoques y perspectivas en el trabajo del historiador de la Antigüedad. Cabe plantearse, por ello, si los opuscula que conforman el libro ahora editado ‒aunque enjundiosos‒ constituyen una muestra representativa que permita al lector no especialista hacerse cargo de la dimensión de que gozó en su momento el impulsor del Instituto de Arqueología “Rodrigo Caro” y fundador de Archivo Español de Arqueología (nada menos que con Hispania Antigua Epigraphica como suplemento); del alcance que sus observaciones en España y los españoles hace dos mil años según la Geografía de Estrabón (Madrid 1945) y La España del siglo Primero de nuestra Era (según P. Mela y C. Plinio) (Madrid 1947) han tenido en sucesivas generaciones de investigadores, o de la significación de trabajos como Hispania Graeca (Barcelona 1948)[3] ‒que bien mereciera un hueco en la “Colección Grandes Obras”‒. Descansa en el estudio preliminar, cuyo cuerpo principal se desarrolla en unas escasas treinta y dos páginas, el cometido de subrayar algunas de las citadas aportaciones. Esta introducción, debida a Javier Arce, profesor emérito de Arqueología romana de la Universidad de Lille 3 y profundo conocedor de la figura y la obra del autor, ofrece en primer lugar una semblanza biográfica, entreverada con alguna anécdota personal, para subrayar seguidamente la significación del personaje como historiador. Se destaca, en este sentido, el hiperobjetivismo en la presentación de los datos como clave de su vigencia, y se abordan algunos rasgos definitorios de su pensamiento, como la continuidad de “lo español” desde la época prerromana, en la estela de Sánchez Albornoz. Un último bloque presenta los cuatro artículos que conforman el volumen, justificando su inclusión por la existencia de un hilo conductor común: la historia militar romana (p. XXXI), rasgo ciertamente más conspicuo en algunos textos que en otros. El estudio preliminar se cierra con una propuesta de actualización bibliográfica sucinta, orientada a satisfacer inquietudes de un “lector interesado” (p. XXXVII). Dado el tiempo transcurrido desde la publicación de los trabajos que integran la monografía, cualquier propuesta bibliográfica que aspirara a la exhaustividad resultaría quimérica, considerando, además, las múltiples facetas abordadas en los textos. Así lo reconoce el prologuista, quien opta por una selección quirúrgica de referencias. Ésta confiere, no obstante, un mayor protagonismo a los títulos de arqueología militar frente a otros trabajos recientes, de igual importancia, centrados en los aspectos de historia social y política de la Hispania romana, cuya inclusión en una obra que reivindica el papel de García y Bellido como historiador de la Antigüedad hubiera resultado oportuna.

Nos hallamos ante un volumen destinado no tanto al profesional de la Historia Antigua o la Arqueología ‒del que se supone ya un conocimiento de la aportación de García y Bellido‒ como al estudioso en el ámbito general de la Historiografía contemporánea. Esta obra, y la propuesta editorial de la que emana, constituye una vindicación del papel de la ciencia española en la consolidación de nuestra disciplina, y nos sitúa, al tiempo, ante un espejo que permite calibrar la verdadera novedad y alcance de publicaciones más recientes.

[1] Vid. a este respecto, entre otros, los siguientes trabajos (con mi agradecimiento a Eduardo Sánchez Moreno por sus oportunas sugerencias): Vigil Pascual, M., (1975): “El profesor García y Bellido como historiador de la España antigua”, en Homenaje a Antonio García y Bellido. Madrid, pp. 51-55; Arce Martínez, J. (1991): “A. García y Bellido y los comienzos de la Historia Antigua en España”, en Arce Martínez, J. y Olmos Romera, R. (eds.): Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua de España (siglos XVIII-XX). (Ministerio de Cultura). Madrid, pp. 161-166; Blánquez Pérez, J. J., Pérez Ruiz, M. y Bernal Casasola, D. (coords.) (2004): Antonio García y Bellido. Miscelánea (Servicio de Publicaciones de la Universidad Autónoma de Madrid). Madrid, así como la entrada del personaje (a cargo de Manuel Álvarez Martí-Aguilar) en Díaz-Andreu García, M., Mora Rodríguez, G. y Cortadella i Morral, J. (coords,) (2009): Diccionario histórico de la arqueología en España (siglas XV-XX) (Marcial Pons). Madrid.

[2] Aguilera Durán, T. (2014): “Homéricos revolucionarios. La Iberia prerromana desde el prisma socialista”, en del Cerro Linares, C., Milán Quiñones de León, S,. Alonso Moreno, C. V., Elices Ocón, J., González Herrero, O., Myslowska, A., Per Gimeno. L. y Viaña Gutiérrez, A. (eds.): Economías, comercio y relaciones internacionales en el Mundo Antiguo (Universidad Autónoma de Madrid), Madrid, pp. 417-441, esp. pp. 429-430; id. (2015): “De ladrones, guerrilleros y revolucionarios. El tópico del bandidaje en la Iberia prerromana”, en Gómez Castro, D. (ed.): Economía y ejército en el mar corruptor. Anejos de Herakleion, 1 (Asociación Interdisciplinar de Historia y Arqueología Herakleion), Madrid, pp. 113-146.

[3] Vid. sobre este trabajo, Domínguez Monedero, A. J. (2010): “Antonio García y Bellido y su visión de la presencia griega en España”, en Domínguez Monedero, A. J. y Mora Rodriguez, G. (eds.): Doctrina a magistro discipulis tradita. Estudios en homenaje al profesor Dr. Luis García Iglesias, (Ediciones UAM, Colección de Estudios, 143), Madrid, pp. 481-510.

Por Juan Pedro Bellón, en Archivo Español de Arqueología 2016, 89, págs. 293-304.

El trabajo realizado por C. Cañete y F. Pelayo en la colección editada por Urgoiti Editores supone, sin lugar a dudas, una entrada de aire fresco en el conocimiento y trascendencia historiográfica de Hugo Obermaier. Y es necesario también valorar aquí el conjunto de publicaciones reunidas en la colección de la editorial citada como un referente para la historiografía de nuestro país en general y para la Historia de la Arqueología/ Prehistoria en particular. Las reediciones de obras trascendentales de A. Schulten, P. Bosch, J. R. Mélida, pioneros de la arqueología española, miradas desde nuestros días, constituyen en sí mismas un referente historiográfico para el presente y para el futuro de la disciplina.

Los propios autores se plantean en la introducción a su estudio la dificultad de abordar un trabajo historiográfico canónico sobre un personaje que ha sido relativamente bien estudiado, fruto de numerosas publicaciones por parte de un notable número de investigadores en nuestro país. Quizás aquí reside la originalidad del planteamiento del estudio preliminar a una obra que, escrita por un sacerdote, recogía todos los avances de la paleoantropología mundial para incorporarlos a nuestro país, no precisamente permeable a las ideas evolucionistas como ya indicase en su día M. A. Querol (2001). Además desde su Cátedra de la Universidad Central, Obermaier actuó como una fluida correa de transmisión de los avances en la disciplina a varias generaciones de prehistoriadores en España que recogerían su testigo en la posguerra, en una coyuntura política y cultural bien distinta al periodo de entreguerras señalado por los autores en su título, como M. Almagro Basch o J. Martinez Santa-Olalla.

obermaier2Por tanto, uno de los rasgos destacables del estudio es su originalidad a la hora de abordar el análisis historiográfico de Obermaier, incidiendo en aspectos precisamente poco tratados, a la vez que colocados desde una perspectiva amplia sobre el desarrollo de la paleoantropología, la introducción de las teorías evolucionistas, la incorporación de los nuevos descubrimientos de fósiles humanos en distintas partes del mundo, así como, desde fuera, el impacto que dicho proceso implicaba en una sociedad culturalmente católica e inmovilista.

Los grandes temas tratados se resumen al principio de la obra: el debate sobre la existencia del ‘hombre terciario’, la contribución de Obermaier para actualizar los nuevos hallazgos e introducirlos en el circuito científico y cultural español, los conflictos generados entre ciencia y creencia, bien estudiados para el siglo xix pero con cierto vacío para las primeras décadas del siglo xx por lo que la aportación aquí realizada es también novedosa; la cuestión del africanismo, trascendental para comprender la paleoetnología de nuestra península de la época y no pocas cuestiones relacionadas con las identidades y los discursos nacionalistas; y, además de nuevos datos biográficos sobre H. Obermaier, otra cuestión importante: la relación del mismo con la doctrina de los círculos culturales (“Kulturkreislehre”) que, como señalan, ha sido poco tratado por nuestra historiografía especializada.

Aunque la presencia, trascendental para la prehistoria española, de Obermaier en nuestro país podría ser leída como parte de una política científica de incorporación de especialistas en líneas de investigación determinadas, los autores demuestran que la misma se debió a una serie de factores personales, institucionales y políticos que desembocaron, en 1923-24, en la creación de la Cátedra de Historia Primitiva del Hombre, si bien es cierto que instituciones como la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas o el Museo de Ciencias Naturales acogieron en un primer momento a Obermaier dentro de su estructura orgánica y le permitieron, esta vez desde dentro, la realización de su labor profesional en nuestro país.

Otra cuestión es si su papel en España y su excepcionalidad al conseguir una Cátedra respondieron a un proyecto externo más que interno.

El libro analizado fue sin duda un referente académico para varias generaciones —se llegaron a realizar ocho ediciones— y con independencia del debate, también estudiado por los autores sobre la armonía entre ciencia y religión, es decir, que pese a las susceptibilidades que pudiese despertar el tema del origen de la especie humana, fundamentalmente en la España franquista, siguió teniendo aceptación académica y continuo siendo actualizado por otros autores de prestigio, como A. García y Bellido o L. Pericot. Pero su trasfondo también se entronca con aspectos más profundos en lo esencialista, como la correlación entre la hipótesis que sostenía la existencia del ‘hombre terciario’ y la consecuente aceptación de una especie preadamita, es decir, con rasgos más propios del reino animal y sin los atributos inferidos de la acción creadora de un Supremo Hacedor identificados, en su caso, con la espiritualidad, la existencia de un código de creencias ritualizadas y artefactos (u obras de arte) que las reflejasen.

Este debate hunde sus raíces en el siglo XVI, incluso en fuentes islámicas previas, recogidas por Averroes (Sanjay 2010), y cuyo principal exponente, declarado hereje por la Iglesia Católica, fue Isaac La Peyrere (Popkin 1987; Livingstone 2008) y que A. Schnapp ha relacionado con un intento frustrado de aparición de la disciplina prehistórica (Schnapp 2008).

Creo que queda suficientemente expuesta por los autores la capacidad de Obermaier para no solo introducir o actualizar los hallazgos que se iban produciendo en todo el mundo en el campo de la paleoantropología sino también para discutir sobre los mismos, sobre su encaje en la cada vez más compleja cadena de restos fósiles que se iban incorporando al registro. Un caso paradigmático escogido por los mismos es la crítica de Obermaier a los restos del conocido como ‘Hombre de Piltdown’ (Eoanthropus Dawsoni), para los que esperaba nuevos datos que pudiesen esclarecer su adscripción ante las dudas puestas en evidencia por el contexto (Cañete y Pelayo 2014: LXIX) y que, como sucedió con el citado Hombre Terciario (citas unas veces entrecomillado y otras con mayúscula: elegir), no tardarían en caerse del debate historiográfico. A todo ello hay que añadir una prolija búsqueda bibliográfica relacionada con dos aspectos: por un lado, aquella que se utiliza para comprobar el impacto científico de la obra de Obermaier, y no solo en revistas especializadas sino también en aquellas relacionadas con el debate entre ciencia y religión, es decir, toda una pléyade de publicaciones católicas que recogían en sus páginas las disposiciones tanto de la política oficial del régimen franquista como la encíclica dictada por Pio XII en 1950 (Humani Generis, Sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica); por otro, el desarrollo del texto recoge el propio proceso historiográfico, es decir, un bien documentado trabajo de recopilación de las distintas ediciones de la obra y sus variaciones temporales, en las que queda de manifiesto la incorporación de nuevos datos a las mismas y, finalmente, el impacto de las nuevas teorías en un marco temporal y social cambiante. A todo ello hay que añadir una regresión a los orígenes de la polémica entre el transformismo y la doctrina católica, la creación de instituciones destinadas a conciliar ciencia y creencia o a combatir directamente la vía materialista abierta a cuestionar los fundamentos de la cosmogonía creacionista. Es en este ambiente donde el idealismo metafísico de investigadores como Obermaier se aleja del materialismo, donde aparecen vías alternativas y donde aparecen las primeras reacciones oficiales de la Iglesia, cuando en 1909 establecía la realidad histórica del Génesis.

Por otra parte, también es aclaratoria la articulación de los capítulos destinados a las tesis africanistas y a la repercusión de la teoría de los círculos culturales en nuestro país, en ambos casos, tratados desde una perspectiva introductoria hasta sus implicaciones directas con las ideas al respecto de H. Obermaier.

En definitiva este encuentro entre paleoantropología, ciencia y religión configura una línea de fondo del discurso, una amalgama que nos remite a nuestra historia cultural o social reciente y que debe considerarse como una de las principales aportaciones de la obra. Como ya puso de relieve M. A. Querol (2001) nuestro país ha adolecido de una fuerte resistencia a la aceptación del modelo evolucionista debido a la hegemonía de la cultura católica y a su participación en la educación reglada en la práctica totalidad del siglo xx. Aun hoy son palpables las resistencias e injerencias de este tipo de cuestiones personales (libertad de credo) en nuestra formación, en nuestro diseño curricular básico, en un hecho por otra parte colectivo, como debería considerarse la investigación científica en el ámbito de la paleoantropología. De este modo, se nos ha presentado a una especie humana con unas cualidades sobredimensionadas respecto de los no-humanos, los ‘monos’, distinción que permite, al fin y al cabo, no solo separar y distinguir, sino justificar el hecho dogmático de la creación. Por otra parte, la existencia de una teoría o cultura hegemónica, la católica, habría supuesto un sesgo de autocensura para el desarrollo de esta línea de investigación en nuestro país al suponer un riesgo real para el desarrollo de cualquier carrera académica o científica en un marco en el que la creación de la principal institución nacional destinada a la investigación científica (el CSIC en 1940) estaba participada por la jerarquía eclesiástica y aceptaba en sus bases orgánicas y teóricas la existencia de una ciencia basada en la providencia y en una misión social doctrinaria. Al contexto de esta dinámica puede añadirse la relevancia que para la paleoantropología del siglo XX tuvieron personas directamente relacionadas con el clero católico, como el Abate Henri Breuil, Andre Glory, Frederic- Marie Bergougnioux, el P. Teilhard de Chardin o el propio Hugo Obermaier, entre otros. En este punto quizás habría sido interesante presentar como contrapunto las teorías alternativas defendidas por otros arqueólogos contemporáneos.

El planteamiento cerrado y basado en objetivos concretos queda satisfactoriamente resuelto al combinar un proceso de presentación detallada de cada uno de los temas para ser desarrollado con posterioridad en los detalles oportunos, en la complejidad de los mismos. El estudio se ha basado exclusivamente en el análisis crítico tanto de la obra tratada como del resto de aportaciones del autor analizado en sus publicaciones a la vez que en su interrelación con el marco historiográfico coyuntural a las mismas. Creo que es una aportación que confirma y ratifica el papel protagonista de H. Obermaier en nuestra historiografía arqueológica.

El testamento intelectual de un maestro

Por Leoncio López-Ocón Cabrera, Goya, núm. 356, 264-266

Manuel Gómez-Moreno, quien gozó de una vida longeva (Granada, 1870 – Madrid, 1970), está considerado uno de los humanistas españoles más importantes del siglo XX. Investigador polifacético, realizó contribuciones significativas no solo en los ámbitos de la historia del arte y de la arqueología, sino también en el campo de la filología. De laboriosidad incansable, como acreditan quienes lo conocieron, fue autor de trabajos modélicos sobre el arte medieval como Excursión a través del arco de herradura (1906), Iglesias mozárabes. Arte español de los siglos IX al XI (1919) y El arte románico español (1934). Pero también publicó notables artículos entre 1925 y 1930 sobre el Renacimiento en Castilla, acerca del escultor Alonso Cano o sobre las obras de Miguel Ángel en España como el San Juanito, escultura destruida en Úbeda durante la guerra civil, y que gracias a las fotografías de Gómez Moreno y a su estudio pudo ser reconstruida recientemente en Florencia y exhibida en el Museo del Prado. Esos textos los editó en las páginas de la prestigiosa revista Archivo español de arte y arqueología del Centro de Estudios Históricos de la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas, institución conocida por el acrónimo JAE. Esa publicación sería codirigida por él y Elías Tormo desde su fundación, en 1925, hasta la guerra civil. Más adelante, en 1954, también realizaría contribuciones al estudio de Goya dando a conocer obras inéditas del genial pintor aragonés en las páginas de la revista del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Archivo español de arte.

Como arqueólogo recorrió desde joven gran parte de la Península Ibérica midiendo monumentos de diversas épocas, explorando cuevas y asentamientos humanos en diversas regiones españolas y portuguesas, país al que hizo cuatro viajes. Desde su etapa formativa en su Granada natal y en Roma, adonde acompañó a su padre el pintor Manuel Gómez-Moreno González (1834-1918), desarrolló un gran interés tanto por la arqueología paleocristiana como islámica, al vivir al lado de la Alhambra por largo tiempo. Se sintió asimismo atraído por la investigación de las épocas remotas de la ocupación humana en la Península Ibérica, abriendo líneas de investigación que serían fructíferas sobre la prehistoria y la protohistoria española. Así lo pudo mostrar, por ejemplo, en su temprano estudio sobre pictografías andaluzas publicado en 1908 en el Anuari de l’Institut d’Estudis Catalans. O, ya en la etapa final de su vida a finales de 1958, en el decisivo papel que desempeñó en el hallazgo, por parte de uno de sus discípulos más fieles, Juan de Mata Carriazo, del tesoro del Carambolo que era el gran testimonio material de la originalidad artística y refinamiento estético de la civilización tartesia, de orígenes egeos, y que se expandió por Andalucía y el sur de Portugal a lo largo del tercer milenio antes de nuestra era.

Además, los trabajos en su juventud junto al arqueólogo y filólogo alemán Emil Hübner, y su colaboración en la catalogación de las inscripciones epigráficas de la Península Ibérica al lado de ese científico –lo que daría lugar ¡ posteriormente a la composición de la Monumenta linguae Ibericae– alentó su afán por el conocimiento de las lenguas peninsulares prerromanas. Y gracias a sus pesquisas lingüísticas publicó en 1922 su artículo “De epigrafía ibérica: el plomo de Alcoy”. Este texto, aparecido en las páginas de la Revista de Filología Española, la publicación señera del Centro de Estudios Históricos de la JAE, que dirigía su admirado Ramón Menéndez Pidal, supuso un hito en el conocimiento de la lengua ibérica al lograr fijar su alfabeto.

Su original punto de vista para la comprensión del pasado, aunando métodos procedentes de la historia del arte, de la arqueología y de la filología, ya lo había mostrado cuando asumió el encargo que le hizo en 1900 el político liberal e historiador del arte Juan Facundo Riaño: la realización de la ambiciosa obra del Catálogo Monumental de España para hacer “el inventario histórico-artístico de la nación”. En años de absorbente trabajo y de tenaces exploraciones de la Castilla profunda logró culminar sucesivamente, durante el sexenio transcurrido entre 1900 y 1906, los catálogos de Ávila, Salamanca, Zamora y León, algunos de los cuales se publicarían mucho más tarde. El rigor de su esfuerzo, el mimo con el que se acercó a sus objetos de estudio, la calidad científica que subyace en la elaboración de esas monografías no serían superados por los autores de otros catálogos provinciales. Así lo podrá constatar quien los consulte en Internet gracias a la digitalización de ese extraordinario conjunto de textos y documentos visuales emprendida por el Instituto del Patrimonio Cultural de España, la Biblioteca Tomás Navarro Tomás y el Instituto de Historia del CSIC (se pueden consultar en http://biblioteca.cchs. csic.es/digitalizacion_tnt).

GM despachoAños después, en una de sus últimas obras –Adam y la prehistoria– exhibiría de nuevo de forma brillante, sugerente y polémica su maestría en combinar los saberes históricos, arqueológicos y filológicos. Este singular libro fue publicado originalmente por la editorial Tecnos en 1958 cuando su autor era casi nonagenario. Recientemente ha sido reeditado por la empresa navarra Urgoiti Editores en su magnífica colección “Historiadores”, con la que esa editorial pretende recuperar obras clásicas de nuestra historiografía para dar a conocer el patrimonio cultural legado por los estudiosos de nuestro pasado. Tal iniciativa es muy meritoria, pues tanto valor tienen los textos reeditados de nuestros principales historiadores, como los estudios preliminares que les preceden, como sucede en este caso con el denso, extenso y bien articulado estudio preliminar de Juan Pedro Bellón. La edición que comentamos además está acompañada de unos utilísimos índices onomástico, toponímico y de materias.
En esta obra, que mereció un premio concedido por la Fundación Juan March, Gómez-Moreno ofrece una apretada síntesis de la prehistoria de la humanidad y de la protohistoria de la Península Ibérica. Su compleja visión panorámica de miles de años de ocupación del ecúmene por los seres humanos y de desarrollo de las culturas prerromanas en el solar ibérico la expone en menos de centenar y medio de páginas profusamente ilustradas, y se acompaña de veinticuatro láminas que incorporan decenas de objetos artísticos. Los títulos y subtítulos de sus diez capítulos –Lo humano; La vida (Biología); Los preadamitas (Paleolítico inferior); Los adamitas (Paleolítico superior o paleótico); La sociedad: sedentarismo (Neolítico o Neótico); La civilización: los imperios (Cobre y Oro); El  del Bronce); Colonizadores y célticos (Edad del Hierro); Síntesis histórica– expresan la ambición intelectual de Adam y la prehistoria donde su autor intentó justificar los fundamentos científicos del libro del Génesis. Gómez-Moreno compendió en este libro saberes y conocimientos acumulados a lo largo de décadas en miles de horas de lecturas y observaciones en trabajos de campo, manejando informaciones procedentes de múltiples fuentes, desde lecturas juveniles hasta testimonios de colaboradores próximos, sobre aspectos diversos de los avances en los estudios sobre la prehistoria humana que se estaban haciendo poco antes de la elaboración de la obra.

Uno de esos colaboradores sería el gran filólogo Antonio Tovar, quien al inicio de sus publicaciones académicas entre 1932 y 1936 realizó numerosas colaboraciones sobre historia del arte en las páginas del Boletín del Seminario de Estudios de Arte y Arqueología de la Universidad de Valladolid. El mismo Tovar, que comentó varios trabajos de Gómez-Moreno en los años republicanos, explicaría también allá por 1961 en las páginas de otra revista del CSIC –Emérita– las aportaciones de Adam y la prehistoria en los campos de la filología y la lingüística, considerando a su autor “maestro de la epigrafía hispánica”. Respecto a esas aportaciones Tovar destaca la lectura que efectúa Gómez- Moreno de las inscripciones del plomo de Gádor (reproducidas en la pág. 104) que ubica en la cultura arqueológica llamada de El Argar. Gómez-Moreno la conecta con la cultura de Troya y Creta, Beocia y Micenas, entre otras razones por las características de su cerámica y porque las espadas de los portadores de la cultura de El Argar repiten los tipos egeos.

Si Adam y la prehistoria suscitó la atención y sigue inspirando las investigaciones de los filólogos, no cabe duda de que también hace reflexionar a historiadores del arte y arqueólogos. Los primeros aprecian el esfuerzo que realizó Gómez-Moreno para mostrar las condiciones del nacimiento y desarrollo de un arte original y propio en tierras ibéricas a través de la siguiente secuencia: pinturas paleolíticas de Altamira; pinturas rupestres levantinas en el Neolítico; cerámicas y cámaras funerarias tartesias; la orfebrería galaica primitiva, los talayots y navetas menorquines, y la metalurgia celtibérica de lo que él considera períodos de transición correspondiente a la segunda edad del bronce, cuando la península se vio afectada por una invasión europea; y las grandes manifestaciones artísticas de lo que él denomina “desarrollo hispánico”, correspondientes al resurgimiento “español” que se produjo entre los siglos VII y VI a. de C., particularmente en el cuadrante sudoriental peninsular y cuya expresión más significativa sería la Dama de Elche.

Los arqueólogos, por su parte, como es el caso del editor del libro, encontrarán en las páginas de Adam y la prehistoria una fuente de gran interés para conocer el estado de las investigaciones arqueológicas sobre la protohistoria española a mediados del siglo pasado, así como para percibir las tensiones entre los arqueólogos de filiación filológica como Gómez-Moreno y los de filiación naturalista como Obermaier y sus seguidores, entre los que destacaría Pere Bosch-Gimpera, cuyos planteamientos sobre la cultura ibérica e interpretaciones sobre el mosaico español intentó Gómez-Moreno cuestionar en esta obra.

Y cualquier lector, como bien sugiere Juan Pedro Bellón en su estudio introductorio, podrá apreciar la importancia que tuvo el debate entre ciencia y religión en la producción cultural de la década de 1950 cuando Gómez-Moreno decidió hacer su testamento científico-espiritual, que así cabría ser interpretada esta obra. Hay que agradecer al editor, quien lleva años haciendo contribuciones significativas a la historiografía de la arqueología y al conocimiento de la cultura ibérica, el ingente trabajo llevado a cabo para desentrañar en más de doscientas cincuenta páginas las claves científicas, ideológicas y políticas de una de las obras más singulares de un autor representativo de una tercera España que, tras ser arropado por los ambientes liberales de la Institución Libre de Enseñanza en el primer tercio del siglo XX, logró hacerse respetar por el régimen franquista y mantener el aprecio de los historiadores y humanistas exiliados, como mostraría uno de sus discípulos, Moreno Villa, en su autobiografía Vida en claro.

Quien se acerque a esta cuidada edición de Adam y la prehistoria y al concienzudo estudio preliminar de Juan Pedro Bellón podrá apreciar la parte de razón que tenía Julio Caro Baroja cuando en 1972 definió de esta manera la personalidad y la obra de ese maestro de nuestra historiografía que fue Manuel Gómez-Moreno: “No creo que haya habido una persona mejor provista que él de dones naturales para ser lo que fue: el supremo experto destinado a descubrir el valor y el significado de las formas y de los materiales usados por los hombres a lo largo de la Historia, en sus diversos quehaceres e inquietudes espirituales y artísticas”.

Cuando, en el último tercio del siglo XIX, Europa se sentía en su apogeo, en algunos ámbitos intelectuales de mente abierta se volvió a pensar en términos de ‘civilización’ y no de ‘nación’. Para ellos, Europa no era una yuxtaposición de naciones sino una entidad con sustantividad propia.

DantefotoEn consecuencia, había que individuar su Volkgeist, su espíritu específico dentro del conjunto de la humanidad. Unos lo situaron en la ‘tradición clásica’, el brillante progreso de la razón, que enlazaría Grecia con la Modernidad, la Ilustración y el Cientificismo. Otros vieron a Europa como el fértil humus formado por una sucesión de culturas y pueblos: griegos, judíos, cristianos, germanos, musulmanes. Y, para éstos últimos, la península ibérica aparecía como un espacio donde la confluencia de ‘judíos, moros y cristianos’ había alcanzado algunos de sus mejores logros.

La relación con el Islam atrajo especialmente la atención. Los unos afirmaron que entre ambas civilizaciones sólo había habido desconocimiento y hostilidad; los otros atestiguaron una mutua y profunda permeabilidad.

Don Miguel Asín Palacios fue, sin duda, unos de los doce o quince grandes islamólogos mundiales de su tiempo, la primera mitad del siglo XX. En su pensamiento, parte de la pobreza cultural y filosófica del primer Islam, nacido en un pueblo nómada de tierras desérticas. Pero este vacío fue pronto llenado al conquistar las ricas y cultas provincias del Imperio Romano de Oriente, donde se encontró con un poderoso helenismo cristianizado. Esto producirá un meteórico desarrollo de su pensamiento que -por caminos varios- revertirá en la Europa de los siglos XII al XVI. En Dante y el Islam, Asín muestra cómo, en la cumbre poética occidental de La Divina Comedia, hay una influencia -no genérica sino directa- de la escatología musulmana.

Esto es útil para los tiempos de ‘choque de civilizaciones’, pues se ha de tener cuidado de no estar matando a los padres, hijos y hermanos -culturalmente hablando-.

Son varios los títulos que Urgoiti ha editado acerca del “problema de España”. No ha sido por una decisión editorial sino por una imposición de la realidad. El “problema de España” fue uno de los tres o cuatro temas vertebrales en la historiografía española de los últimos ciento cincuenta años. El hecho es sabido, y tampoco es algo exclusivamente hispano. Y como era un tema central, todos los grandes historiadores recalaron en él. Y Urgoiti edita a los grandes historiadores españoles.

DOfotoLa cuestión es que entre los libros publicados en Urgoiti acerca del “problema de España”, uno de los más singulares es el de Antonio Domínguez Ortiz, El mosaico español. Él mismo dijo con frecuencia que se trataba de uno de sus trabajos más queridos.

Responde a una idea que se va abriendo camino, entre los historiadores más sensibles, desde los años cincuenta del siglo pasado, tras el vendaval de la polémica Américo Castro – Sánchez Albornoz. Quizá podría resumirse en estos términos: España existe pero es plural, de una pluralidad profunda. Esto, que es el problema, es al mismo tiempo la solución: sólo lo diferente puede ser complementario. España es, pero es un “mosaico”.

Domínguez Ortiz no fue un historiador de alta capacidad teórica, pero trabajaba muy concienzudamente las ideas que tenía. Su estudio del “mosaico español” es, como todo lo suyo, riguroso, sensible, culto. Os remitimos al trabajo, para que cada cual lo juzgue: http://www.urgoitieditores.com/el-mosaico-espa%C3%B1ol

Compartimos la reseña que Francisco Fuster, colaborador y amigo de Urgoiti, ha publicado en el último número de La Aventura de la Historia sobre La germanía de Valencia de Manuel Danvila y Collado:

Pese a tratarse de uno de los episodios que más interés han despertado en las últimas décadas (desde los primeros trabajos de García Cárcel hasta la obra definitiva que publicó Vicent Vallés en 2000), lo cierto es que, hasta la publicación en 1884 de la obra del historiador y jurista valenciano Manuel Danvila y Collado (1830-1906), que ahora reedita Urgoiti, precedida de una extensa y documentada introducción de Pau Viciano, la rebelión de la Germanía (1519-1522) siempre había quedado eclipsada por su equivalente castellano –las comunidades de 1520-1522-, que sí recibió desde el principio la atención de una historiografía liberal que ensalzó a los comuneros a la categoría de mito, como últimos defensores de las libertades del pueblo en el tránsito entre la época medieval y la moderna.

GermaniesPrecisamente para desmitificar a los agermanados y a sus ideales, a los que la literatura romántica –nacida al calor de la Renaixença valenciana- retrató en obras de tono militante y nulo rigor académico, Danvila y Collado redactó esta investigación pionera, muy influida por su ideología conservadora y por el empleo de una praxis inequívocamente positivista. El resultado es una obra que, si bien desde el punto de vista historiográfico no se sostiene en muchas de sus afirmaciones –el autor llega a atribuir a los agermanados intenciones “socialistas”-, tiene el innegable mérito de haber pretendido sentar las bases para el estudio de un fenómeno social que, como el tiempo ha demostrado, tuvo un alcance mayor del que hasta entonces se le reconoce.

Este libro fue publicado en 1958 y su solapa decía que pretendía “… encauzar los problemas básicos de la Humanidad desde puntos de vista nuevos…”; había sido escrito con intención divulgadora, en forma de un texto breve, con ilustraciones y láminas y consecuentemente sin aparato crítico. Su autor, Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), tenía 88 años y era una grandísima personalidad en la arqueología española, brillante, polifacético, con mucha influencia social, catedrático de universidad, autor de numerosos estudios sobre arte antiguo, descifrador de la escritura ibérica, miembro ilustre de las Reales Academias de la Historia, Bellas Artes y la Lengua, uno de los creadores del Centro de Estudios Históricos, había sido director general de Bellas Artes y distinguido con numerosos premios y distinciones, así como las de doctor honoris causa por las universidades de Oxford y Glasgow. A pesar de todo ello, estoy completamente de acuerdo en que Gómez-Moreno nunca llegó a comprender lo que era realmente la Prehistoria (Almagro-Gorbea, 2014: 171). Y ciertamente este libro no abordaba la Prehistoria desde nuevas perspectivas, al menos para lo que a mediados del s. xx eran los conocimientos punteros de la disciplina.

¿Por qué Gómez-Moreno –que no era prehistoriador–publicó este libro al final de su vida? ¿Quizás porque tenía “una gran capacidad de trabajo, proteico, que se atreve con todo, sabe de todo, escribe de todo, enseña y divulga de todo, desde Prehistoria hasta época moderna”? (Caballero, 2010: 1). El serio y bien anotado estudio crítico de J. P. Bellón ofrece una respuesta amplia, matizada y ponderada a esa pregunta central que suscita esta obra. La historia de la arqueología nunca es solo historia de la arqueología (Moshenska, 2013: 247) y el estudio de Bellón es no solo una importante contribución a la historia de la arqueología española, sino que abre un escenario fascinante con tal cantidad de conexiones entre personas, instituciones, sitios, ideas, redes de trabajo, objetos, comunidades y países que es también una fuente inmensa de estímulos para continuar siguiendo los múltiples hilos que han tejido nuestra disciplina.

En mi comentario quiero empezar con una reflexión imposible: ¿Qué pensaría el Prof. Maluquer de Adam y la Prehistoria que, casualmente, aquel mismo año publicó su admirable La Humanidad prehistórica? La distancia entre una y otra obra no es solo el formato, la diferencia conceptual era abismal. La que media, en definitiva, entre quien desde su catolicismo integral además nunca entendió bien aquello de la Prehistoria –y como veremos hasta la despreciaba en cierto modo– y la de quien era ya un buen prehistoriador con una escritura ágil y atractiva y dejaba las creencias religiosas fuera de la investigación científica. Y si lo extendemos a Europa, ¿qué comparación podría resistir Adam con The Prehistory of European Society de V. Gordon Childe, que también vio la luz en 1958? Ahí lo dejo. Porque, es cierto, las comparaciones casi siempre resultan odiosas.

Parece que fue la obtención del Premio de Historia de la Fundación Juan March en 1956, dotado con medio millón de pesetas, lo que animó a Gómez-Moreno a publicar su Adam y –aunque es cierto que había publicado años antes breves síntesis de prehistoria–, tal vez haya que ver su decisión como una reafirmación de sus ideas sobre la prehistoria, que desde sus primeros estudios a inicios del s. xx había ido esbozando a lo largo de los años. Pero mi impresión es que además tenía un viejo contencioso con los “prehistoristas” –un término gomezmorenesco– extranjeros –sobre todo franceses, algunos alemanes y los Siret belgas–, a los que no perdonaba su sentido de superioridad al tratar la prehistoria española. Una carta dirigida a Bosch Gimpera en 1933, junto a otros comentarios dispersos en su obra, sostiene esta idea. En dicha misiva se quejaba Gómez-Moreno de que el catalán en su Etnología de la Península Ibérica (1932) había ignorado por completo sus propuestas y le confesaba que su misión era “hacer una prehistoria española sin ir mirando lo que dicen los de fuera” (p. xxvi). Pero pensar que a mediados del s. xx se podía hacer una prehistoria desde la validez del Génesis, rechazando la teoría de la evolución, sin comprender el significado profundo de la estratigrafía arqueológica, sin aceptar lecciones de los franceses que estaban construyendo la prehistoria más antigua, el Paleolítico, y con los parcos datos de la arqueología prehistórica española, era virtualmente una tarea imposible. De ahí que esta obra de Gómez-Moreno pueda considerarse, en mi opinión, como anacrónica, extraña (p. viii) y en gran medida fallida, especialmente en lo que se refiere a las etapas más antiguas. Lo que no quita un ápice de interés a la buena edición crítica de la obra y el estupendo estudio preliminar de J. P. Bellón sobre el autor y esta obra. Pero vayamos por partes.

cuevas de las manos

Cuevas de las manos

Lo de anacrónico en primer lugar. Dice Bellón que el libro no es, en el fondo, anacrónico aunque lo parezca, porque en el contexto de la España de finales de los años 1950 defender el creacionismo formaba parte consustancial del nacional-catolicismo (p. cxlviii). Sí y no, ciertamente el nacional-catolicismo lo impregnaba casi todo, pero no es menos cierto que algunas huelgas, la protesta estudiantil de 1956 y la propia presencia de Ruiz-Giménez en el Ministerio de Educación desde unos años antes, quien precisamente fue cesado por esa protesta, mostraban las grietas que empezaban a abrirse en el régimen franquista. Quiero con ello significar que en 1958 un libro de Prehistoria no tenía por qué adoptar el enfoque creacionista, de hecho, como Bellón subraya, el de Maluquer (1958) referido más arriba no lo hizo en absoluto. Había cabida para ese disentimiento. Y desde luego Adam era anacrónico con buena parte de la información manejada y sobre todo por la percepción que se transmitía del pasado paleolítico.

En segundo lugar, extraño. Si se intenta escribir un libro de divulgación para no expertos lo primero que se debe cumplir es con la presentación de un buen estado de la cuestión lo más consensuado posible entre la comunidad científica. Y cuando hay disensiones se deben presentar y explicar. Además parece que adoptar una terminología internacionalmente acordada y un lenguaje sencillo y accesible resulta también de lo más indicado. Bueno, pues para nada ese es el caso de Gómez-Moreno en este libro. Los términos de la clasificación francesa del Paleolítico, que vienen ya de Mortillet (1883) y estaban universalmente aceptados, Gómez-Moreno los trastoca a su gusto. Pero intentar justificar que lo de paleótico por Paleolítico o neótico por Neolítico es crear un lenguaje propio (p. cliii y p. 54) carece de toda base aunque se intente explicar y, desde luego, no estoy de acuerdo en que sean efectivos y oportunos (p. xxvii); es querer demostrar –sin éxito alguno– que “no tiene que seguir a los de fuera”. Como también es de poca ayuda traducir Madelenense en vez de Magdaleniense.

Con todo, lo más criticable desde mi punto de vista es el desprecio que nuestro autor manifiesta, sin disimulo alguno, sobre la prehistoria y sobre todo sobre los prehistoristas. Y desde ese punto de vista el libro es fallido sin paliativos. Así las periodizaciones francesas “nada aclaran y sí complican […] Todo ello subclasificado en otros periodos, mediante numeración ordinal, a gusto de exploradores ambiciosos y en continuo ajetreo que lo invalida” (p. 28). En otra ocasión afirma que “los [prehistoristas] vienen complicándolo más y más con minucias de exploradores, ganoso cada uno de exaltar lo suyo con pretensiones evolutivas sobre meras variantes de técnica, aplicándoles una nomenclatura de base local inconsistente” (p. 55). Creo sinceramente que Gómez-Moreno no pudo pensar en toda su profundidad la arqueología paleolítica porque no entendió nunca el valor de la estratigrafía y la construcción del tiempo y la secuencia cultural de la evolución humana. Por eso los “palitroques” que sustentaban su tramoya prehistórica eran imposibles y, si a ello le sumamos el empeño de conciliar prehistoria humana y revelación bíblica, el resultado final fue un ‘trampantojo paleolítico’ en el que verdaderamente apenas creía. Como bien señala Bellón, Gómez-Moreno perdió el pulso simbólico que desde Madrid sostenía con Obermaier y desde Barcelona con Bosch Gimpera, trabajando con una concepción moderna de la arqueología basada en la excavación estratigráfica y la tipología. Los dos últimos fueron la base de la institucionalización de la Prehistoria española en cuyo haber el primero difícilmente puede incluirse (Díaz-Andreu y Cortadella, 2006).

En fin, Gómez-Moreno pensaba que problemas no superados eran “la miopía de los prehistoristas y su escasez informativa” (p. 35), que adjudican los 400 siglos del arte paleolítico “al buen tuntún” ya que “la humanidad no puede alejarse de nosotros mucho más de 20.000 años” (p. 55). Claro que la humanidad sólo la reconocía con el Cro-Magnon puesto que los neandertales, ignorantes y degenerados (sic), con una vida tan precaria que habría “rebajado la actividad de aquellos trogloditas hasta satisfacerse míseramente con lo que hubiese a mano para ir tirando” (p. 34), eran simples preadamitas. Si hoy leyera las modernas interpretaciones de los neandertales tras el desciframiento del genoma neandertal en 2010 ¿qué pensaría don Manuel?

Termino recogiendo, una vez más palabras suyas, para la fase final de la prehistoria, pues para esa “recomposición histórica” lo básico, decía, son los textos escritos y los monumentos. Para estos últimos capítulos (vi-ix) se limita ya a la Península Ibérica porque es tan poco aceptable lo que “prehistoristas y arqueólogos, escasos de sentido histórico generalmente” (¡?), vienen suministrando (p. 74).

Gómez-Moreno tenía un concepto muy claro de la arqueología que recoge acertadamente Bellón cuando comenta que la clave de la lectura historiográfica de Gómez-Moreno está en la correlación de sus conocimientos en arqueología, filología e historia del arte. Y desde el trifonio arqueología/filología/ historia del arte es donde adquiere sentido su arqueología: “… una rama de la estética […] una parte principal de la historia del arte, y ya no estudia la forma de los tipos, sino su espíritu, su vida y su valor como entes morales” (p. ccxxxvi). Desde el referido trifonio la arqueología prehistórica era simplemente inaccesible. Como discretamente y con mucha elegancia y respeto al viejo maestro vienen a reconocer las páginas finales del estudio de Bellón (pp. ccxxxiii-ccxxxix). Como balance final, creo que este libro no se sostenía por sí mismo, el estudio historiográfico de J. P. Bellón rotundamente sí. Aun así la exposición de las ideas y pensamiento de Gómez-Moreno constituye una atalaya para comprender mejor la historia de nuestra arqueología.

Sin duda alguna Gómez-Moreno marcó profundamente una larga etapa de la arqueología y el arte antiguo, y en su particular concepción de la arqueología hizo notabilísimas aportaciones. Pero la Prehistoria no fue su fuerte. También es cierto que su figura no ha merecido la atención debida –si exceptuamos la extensa biografía de su hija María Elena (1995) y los ensayos del propio Bellón y otros miembros del Instituto de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén (Bellón et al., 2008; Ruiz et al., 2002, 2006)–, situación que sólo empieza a revertirse en fechas muy recientes (Caballero, 2010; Valdés, 2014).

Hay algunos detalles imprecisos en fechas concretas como el inicio de la docencia de Bosch Gimpera en la Univ. de Barcelona y la salida de Pericot de la Univ. de Valencia, o la atribución de Pericot a la escuela madrileña de Obermaier, tal y como cuidadosamente ha señalado Vidal (2015), que en nada empañan el estudio. La bibliografía utilizada es amplia y pertinente; quizás algún trabajo reciente podría matizar cuestiones periféricas (Gracia, 2012) y la curiosidad por la historiografía arqueológica que se hace más allá de nuestras fronteras –que en cualquier caso queda suficientemente atendida– podría incluir en el futuro conceptos como las “redes sociales” (Thornton, 2015) para ayudar a comprender mejor los intersticios que existen entre las instituciones, la política, el poder, las personalidades y la práctica arqueológica.

Urgoiti Editores ha ido cubriendo brillantemente, en su Colección Historiadores, los textos más clásicos de los grandes de la arqueología española de la primera mitad del s. xx. La perspectiva se va ampliando y pienso que va siendo hora de ampliar la mirada historiográfica hacia autores y textos de las primeras décadas de la segunda mitad del siglo pasado. La siguiente generación a la que me refiero podría estar integrada por prehistoriadores de la talla de Luis Pericot, Martín Almagro Basch, Joan Maluquer de Motes y Miquel Tarradell. El tiempo va haciendo clásicos a quienes hasta hace pocas décadas fueron nuestros insignes arqueólogos y profesores. En arqueología el futuro también se labra con la recuperación y profundización de los textos sobre el pasado. La editorial Urgoiti tiene la palabra.

Bibliografía

Almagro-Gorbea, M. (2014): “Hugo Obermaier y la Prehistoria en España”. En Marzoli, D.; Maier, J. y Schattner, Th. G. (eds.): Historia del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid. Faszikel 1: Antecedentes y formación del Departamento de Madrid. Iberia Archaeologica, Band, 14. Madrid: dai, pp. 167-186.

Bellón, J. P.; Ruiz, A. y Sánchez, A. (2008): “Making Spain Hispanic: Gómez-Moreno and the Iberian archaeology”. En Schlanger, N. y Nordbladh, J. (eds.): Archives, Ancestors and practices. Archaeology in the Light of its History. Oxford: Berghahn Books, pp. 305-334.

Caballero, L. (2010): “Vida y trabajo de Manuel Gómez- Moreno, con la arquitectura altomedieval como tema”. En Coloquio Centenario del Centro de Estudios Históricos. Madrid: csic. (http://digital.csic.es/bitstream/ 10261/33337/1/Gomez-Moreno_Manuel. pdf; [acceso: 28-04-2016]).

De Mortillet, G. (1883): Le Préhistorique. Paris: Reinwald.

Díaz-Andreu, M. y Cortadella, J. (2006): “Succes and Failure: alternatives in the Institutionalisation of preand proto-history in Spain (Hernández Pacheco, Obermaier, Bosch Gimpera)”. En Callmer, J.; Meyer, M.; Struwe, R. y Theune-Vogt, C. (eds.): The Beggining of academic Pre- and Protohistoric Archaeology (1830-1930) in a European Perspective. Berlin: Verlag, Marie Leidorf, pp. 295-305.

Gracia, F. (2012): Arqueología i politica. La gestió de Martín Almagro Basch al capdavant del Museu Arqueològic Provincial de Barcelona (1939-1962). Barcelona: Publicacions i Edicions Univ. de Barcelona.

Maluquer de Motes. J. (1958): La Humanidad Prehistórica. Barcelona: Montaner y Simón.

Moshenska, G. (2013): “Why the history of archaeology matters: a response to Mees”, Post-Medieval Archaeology, 47 (1), pp. 247-251.

Ruiz, A.; Bellón, J. P. y Sánchez, A. (coords.) (2006): Los archivos de la arqueología ibérica: una arqueología para dos Españas. Jaén: Univ. de Jaén.

Ruiz, A.; Sánchez, A. y Bellón, J. P (2002): “The History of Iberian Archaeology: One archaeology for two Spains”, Antiquity, 76, pp. 184-190.

Thornton, A. (2015): “Social Networks in the History of Archaeology. Placing Archaeology in its Context”. En Eberhardt, G. y Link, F. (eds.): Historiographical Approaches to Past Archaeological Research. Berlin: Berlin Studies of the Ancient World, pp. 69-94.

Valdés, F. (2014): “Manuel Gómez-Moreno Martínez: the birth of Islamic Archaeology in Spain/Manuel Gómez-Moreno Martínez: el nacimiento de la Arqueología Islámica en España”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 40, pp. 193-208.

Vidal, J. (2015): “Recensión de Gómez-Moreno, M. Adam y la prehistoria. Estudio preliminar de Juan Pedro Bellón. Pamplona, Urgoiti Editores”, Índice Histórico Español (https://www.academia.edu/19938920/Recensi%C3%B3n_M._G%C3%B-3mezMoreno_Adam_y_la_prehistoria [acceso: 29- 04-2016]).

Publicada en Zephyrus, Vol. LXXVII, enero-junio 2016, pp. 221-224.

Leer a Danvila (1830-1906) nos sitúa en el ámbito de unos historiadores ciclópeos ‒por su volumen de páginas e intereses‒ que poblaron la España de la Restauración hasta la segunda década del siglo XX.

MicaletSu génesis se sitúa en los ideales de la revolución de 1868 ‒conservadoramente interpretados‒ y su muerte viene precipitada por la irrupción de los historiadores “profesionales” (universitarios) que nunca dejaron de verlos como meros “aficionados”. Pero en sus años de esplendor ‒apenas una generación‒ implantaron una aspiración que se convertiría en recurrente: la historia es una ciencia, la historia aspira a la verdad, la historia procede de la investigación.

La historiografía ‒terreno fértil a la impiedad‒ ha develado de estos hombres su grandilocuencia y filisteísmo, así como su desorejado compromiso político so capa de pura ciencia. Tiene razón. Pero queda lo otro, su “positivismo”, su afán de no aceptar sino lo que se ha podido comprobar.

Más difícil es perdonar a algunos de ellos lo mal que escribían. Sin embargo, no es el caso de Danvila.

Prehistoria para el gran público

Libro

Edición original. Premio Juan March de Historia

Hasta hace unos años -y aún hoy- la prehistoria presentaba un inmenso obstáculo para el público lector: no se ofrecía en forma de relato sino en forma de ‘evidencias contrastadas’. Así resultaba difícil enlazar aquel pasado con el presente. Por eso, la persona culta no leía prehistoria y ésta pertenecía a sus especialistas.

Si la prehistoria no se abría al público se debía a que era una ‘ciencia’: hablaba de hechos, no de suposiciones. Y un relato es siempre una suposición que enlaza hechos. De alguna manera, ‘ciencia’ e ‘historia’ (en su uso coloquial) eran incompatibles.

A sus 88 años de edad, Gómez Moreno publica Adam y la prehistoria. Conocedor de la autoridad que posee como ‘científico’, plantea la posibilidad de que la ciencia se abra a la historia y lo empírico a lo transcendental. E intenta mostrarlo en el campo que a él le era propio: la arqueología. Todo un ejemplo de esfuerzo divulgativo.

Lo curioso de este libro es que siempre ha sido tratado con respeto.

Un recuerdo de 1927. Las dos Españas

Nuno 1927Hace un tiempo tuvimos noticias de Nuno Fidelino de Figueiredo, que, a sus 93 años, nos envió una cariñosa carta desde São Paulo para mostrarnos su «grande surpresa e uma dupla e muito grata satisfação» por la edición de Las dos Españas. «A primeira gratificação em mim produzida por essa vossa iniciativa –dice– tem relação com o ato de justiça em relação à memoria de Fidelino de Figueiredo que vossa iniciativa representa, e que resgata como elegante espirito de justiça um esquecimento somente explicável pelo “divórcio espiritual” que, bem patente algumas vezes, impera ela península entre sus dois principais povos».

Nuno nos envía también una vieja fotografía, tomada en Madrid en 1927, donde aparece, muy niño, de la mano de Fidelino, y nos participa que fue él el primero en felicitar a su padre por las conferencias que, en 1932, dieron lugar a su libro Las dos Españas, como atestigua la dedicatoria de su padre en este libro, que aún conserva: «Nuno, meu rico filho. Tu foste a primeira pessoa que me felicitou em 1932 por estas conferencias». Un bello testimonio, para nosotros simbólico y enriquecedor, que hemos querido trasladar a nuestros amigos y lectores.