Compartimos la reseña que Francisco Fuster, colaborador y amigo de Urgoiti, ha publicado en el último número de La Aventura de la Historia sobre La germanía de Valencia de Manuel Danvila y Collado:

Pese a tratarse de uno de los episodios que más interés han despertado en las últimas décadas (desde los primeros trabajos de García Cárcel hasta la obra definitiva que publicó Vicent Vallés en 2000), lo cierto es que, hasta la publicación en 1884 de la obra del historiador y jurista valenciano Manuel Danvila y Collado (1830-1906), que ahora reedita Urgoiti, precedida de una extensa y documentada introducción de Pau Viciano, la rebelión de la Germanía (1519-1522) siempre había quedado eclipsada por su equivalente castellano –las comunidades de 1520-1522-, que sí recibió desde el principio la atención de una historiografía liberal que ensalzó a los comuneros a la categoría de mito, como últimos defensores de las libertades del pueblo en el tránsito entre la época medieval y la moderna.

GermaniesPrecisamente para desmitificar a los agermanados y a sus ideales, a los que la literatura romántica –nacida al calor de la Renaixença valenciana- retrató en obras de tono militante y nulo rigor académico, Danvila y Collado redactó esta investigación pionera, muy influida por su ideología conservadora y por el empleo de una praxis inequívocamente positivista. El resultado es una obra que, si bien desde el punto de vista historiográfico no se sostiene en muchas de sus afirmaciones –el autor llega a atribuir a los agermanados intenciones “socialistas”-, tiene el innegable mérito de haber pretendido sentar las bases para el estudio de un fenómeno social que, como el tiempo ha demostrado, tuvo un alcance mayor del que hasta entonces se le reconoce.

Este libro fue publicado en 1958 y su solapa decía que pretendía “… encauzar los problemas básicos de la Humanidad desde puntos de vista nuevos…”; había sido escrito con intención divulgadora, en forma de un texto breve, con ilustraciones y láminas y consecuentemente sin aparato crítico. Su autor, Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), tenía 88 años y era una grandísima personalidad en la arqueología española, brillante, polifacético, con mucha influencia social, catedrático de universidad, autor de numerosos estudios sobre arte antiguo, descifrador de la escritura ibérica, miembro ilustre de las Reales Academias de la Historia, Bellas Artes y la Lengua, uno de los creadores del Centro de Estudios Históricos, había sido director general de Bellas Artes y distinguido con numerosos premios y distinciones, así como las de doctor honoris causa por las universidades de Oxford y Glasgow. A pesar de todo ello, estoy completamente de acuerdo en que Gómez-Moreno nunca llegó a comprender lo que era realmente la Prehistoria (Almagro-Gorbea, 2014: 171). Y ciertamente este libro no abordaba la Prehistoria desde nuevas perspectivas, al menos para lo que a mediados del s. xx eran los conocimientos punteros de la disciplina.

¿Por qué Gómez-Moreno –que no era prehistoriador–publicó este libro al final de su vida? ¿Quizás porque tenía “una gran capacidad de trabajo, proteico, que se atreve con todo, sabe de todo, escribe de todo, enseña y divulga de todo, desde Prehistoria hasta época moderna”? (Caballero, 2010: 1). El serio y bien anotado estudio crítico de J. P. Bellón ofrece una respuesta amplia, matizada y ponderada a esa pregunta central que suscita esta obra. La historia de la arqueología nunca es solo historia de la arqueología (Moshenska, 2013: 247) y el estudio de Bellón es no solo una importante contribución a la historia de la arqueología española, sino que abre un escenario fascinante con tal cantidad de conexiones entre personas, instituciones, sitios, ideas, redes de trabajo, objetos, comunidades y países que es también una fuente inmensa de estímulos para continuar siguiendo los múltiples hilos que han tejido nuestra disciplina.

En mi comentario quiero empezar con una reflexión imposible: ¿Qué pensaría el Prof. Maluquer de Adam y la Prehistoria que, casualmente, aquel mismo año publicó su admirable La Humanidad prehistórica? La distancia entre una y otra obra no es solo el formato, la diferencia conceptual era abismal. La que media, en definitiva, entre quien desde su catolicismo integral además nunca entendió bien aquello de la Prehistoria –y como veremos hasta la despreciaba en cierto modo– y la de quien era ya un buen prehistoriador con una escritura ágil y atractiva y dejaba las creencias religiosas fuera de la investigación científica. Y si lo extendemos a Europa, ¿qué comparación podría resistir Adam con The Prehistory of European Society de V. Gordon Childe, que también vio la luz en 1958? Ahí lo dejo. Porque, es cierto, las comparaciones casi siempre resultan odiosas.

Parece que fue la obtención del Premio de Historia de la Fundación Juan March en 1956, dotado con medio millón de pesetas, lo que animó a Gómez-Moreno a publicar su Adam y –aunque es cierto que había publicado años antes breves síntesis de prehistoria–, tal vez haya que ver su decisión como una reafirmación de sus ideas sobre la prehistoria, que desde sus primeros estudios a inicios del s. xx había ido esbozando a lo largo de los años. Pero mi impresión es que además tenía un viejo contencioso con los “prehistoristas” –un término gomezmorenesco– extranjeros –sobre todo franceses, algunos alemanes y los Siret belgas–, a los que no perdonaba su sentido de superioridad al tratar la prehistoria española. Una carta dirigida a Bosch Gimpera en 1933, junto a otros comentarios dispersos en su obra, sostiene esta idea. En dicha misiva se quejaba Gómez-Moreno de que el catalán en su Etnología de la Península Ibérica (1932) había ignorado por completo sus propuestas y le confesaba que su misión era “hacer una prehistoria española sin ir mirando lo que dicen los de fuera” (p. xxvi). Pero pensar que a mediados del s. xx se podía hacer una prehistoria desde la validez del Génesis, rechazando la teoría de la evolución, sin comprender el significado profundo de la estratigrafía arqueológica, sin aceptar lecciones de los franceses que estaban construyendo la prehistoria más antigua, el Paleolítico, y con los parcos datos de la arqueología prehistórica española, era virtualmente una tarea imposible. De ahí que esta obra de Gómez-Moreno pueda considerarse, en mi opinión, como anacrónica, extraña (p. viii) y en gran medida fallida, especialmente en lo que se refiere a las etapas más antiguas. Lo que no quita un ápice de interés a la buena edición crítica de la obra y el estupendo estudio preliminar de J. P. Bellón sobre el autor y esta obra. Pero vayamos por partes.

cuevas de las manos

Cuevas de las manos

Lo de anacrónico en primer lugar. Dice Bellón que el libro no es, en el fondo, anacrónico aunque lo parezca, porque en el contexto de la España de finales de los años 1950 defender el creacionismo formaba parte consustancial del nacional-catolicismo (p. cxlviii). Sí y no, ciertamente el nacional-catolicismo lo impregnaba casi todo, pero no es menos cierto que algunas huelgas, la protesta estudiantil de 1956 y la propia presencia de Ruiz-Giménez en el Ministerio de Educación desde unos años antes, quien precisamente fue cesado por esa protesta, mostraban las grietas que empezaban a abrirse en el régimen franquista. Quiero con ello significar que en 1958 un libro de Prehistoria no tenía por qué adoptar el enfoque creacionista, de hecho, como Bellón subraya, el de Maluquer (1958) referido más arriba no lo hizo en absoluto. Había cabida para ese disentimiento. Y desde luego Adam era anacrónico con buena parte de la información manejada y sobre todo por la percepción que se transmitía del pasado paleolítico.

En segundo lugar, extraño. Si se intenta escribir un libro de divulgación para no expertos lo primero que se debe cumplir es con la presentación de un buen estado de la cuestión lo más consensuado posible entre la comunidad científica. Y cuando hay disensiones se deben presentar y explicar. Además parece que adoptar una terminología internacionalmente acordada y un lenguaje sencillo y accesible resulta también de lo más indicado. Bueno, pues para nada ese es el caso de Gómez-Moreno en este libro. Los términos de la clasificación francesa del Paleolítico, que vienen ya de Mortillet (1883) y estaban universalmente aceptados, Gómez-Moreno los trastoca a su gusto. Pero intentar justificar que lo de paleótico por Paleolítico o neótico por Neolítico es crear un lenguaje propio (p. cliii y p. 54) carece de toda base aunque se intente explicar y, desde luego, no estoy de acuerdo en que sean efectivos y oportunos (p. xxvii); es querer demostrar –sin éxito alguno– que “no tiene que seguir a los de fuera”. Como también es de poca ayuda traducir Madelenense en vez de Magdaleniense.

Con todo, lo más criticable desde mi punto de vista es el desprecio que nuestro autor manifiesta, sin disimulo alguno, sobre la prehistoria y sobre todo sobre los prehistoristas. Y desde ese punto de vista el libro es fallido sin paliativos. Así las periodizaciones francesas “nada aclaran y sí complican […] Todo ello subclasificado en otros periodos, mediante numeración ordinal, a gusto de exploradores ambiciosos y en continuo ajetreo que lo invalida” (p. 28). En otra ocasión afirma que “los [prehistoristas] vienen complicándolo más y más con minucias de exploradores, ganoso cada uno de exaltar lo suyo con pretensiones evolutivas sobre meras variantes de técnica, aplicándoles una nomenclatura de base local inconsistente” (p. 55). Creo sinceramente que Gómez-Moreno no pudo pensar en toda su profundidad la arqueología paleolítica porque no entendió nunca el valor de la estratigrafía y la construcción del tiempo y la secuencia cultural de la evolución humana. Por eso los “palitroques” que sustentaban su tramoya prehistórica eran imposibles y, si a ello le sumamos el empeño de conciliar prehistoria humana y revelación bíblica, el resultado final fue un ‘trampantojo paleolítico’ en el que verdaderamente apenas creía. Como bien señala Bellón, Gómez-Moreno perdió el pulso simbólico que desde Madrid sostenía con Obermaier y desde Barcelona con Bosch Gimpera, trabajando con una concepción moderna de la arqueología basada en la excavación estratigráfica y la tipología. Los dos últimos fueron la base de la institucionalización de la Prehistoria española en cuyo haber el primero difícilmente puede incluirse (Díaz-Andreu y Cortadella, 2006).

En fin, Gómez-Moreno pensaba que problemas no superados eran “la miopía de los prehistoristas y su escasez informativa” (p. 35), que adjudican los 400 siglos del arte paleolítico “al buen tuntún” ya que “la humanidad no puede alejarse de nosotros mucho más de 20.000 años” (p. 55). Claro que la humanidad sólo la reconocía con el Cro-Magnon puesto que los neandertales, ignorantes y degenerados (sic), con una vida tan precaria que habría “rebajado la actividad de aquellos trogloditas hasta satisfacerse míseramente con lo que hubiese a mano para ir tirando” (p. 34), eran simples preadamitas. Si hoy leyera las modernas interpretaciones de los neandertales tras el desciframiento del genoma neandertal en 2010 ¿qué pensaría don Manuel?

Termino recogiendo, una vez más palabras suyas, para la fase final de la prehistoria, pues para esa “recomposición histórica” lo básico, decía, son los textos escritos y los monumentos. Para estos últimos capítulos (vi-ix) se limita ya a la Península Ibérica porque es tan poco aceptable lo que “prehistoristas y arqueólogos, escasos de sentido histórico generalmente” (¡?), vienen suministrando (p. 74).

Gómez-Moreno tenía un concepto muy claro de la arqueología que recoge acertadamente Bellón cuando comenta que la clave de la lectura historiográfica de Gómez-Moreno está en la correlación de sus conocimientos en arqueología, filología e historia del arte. Y desde el trifonio arqueología/filología/ historia del arte es donde adquiere sentido su arqueología: “… una rama de la estética […] una parte principal de la historia del arte, y ya no estudia la forma de los tipos, sino su espíritu, su vida y su valor como entes morales” (p. ccxxxvi). Desde el referido trifonio la arqueología prehistórica era simplemente inaccesible. Como discretamente y con mucha elegancia y respeto al viejo maestro vienen a reconocer las páginas finales del estudio de Bellón (pp. ccxxxiii-ccxxxix). Como balance final, creo que este libro no se sostenía por sí mismo, el estudio historiográfico de J. P. Bellón rotundamente sí. Aun así la exposición de las ideas y pensamiento de Gómez-Moreno constituye una atalaya para comprender mejor la historia de nuestra arqueología.

Sin duda alguna Gómez-Moreno marcó profundamente una larga etapa de la arqueología y el arte antiguo, y en su particular concepción de la arqueología hizo notabilísimas aportaciones. Pero la Prehistoria no fue su fuerte. También es cierto que su figura no ha merecido la atención debida –si exceptuamos la extensa biografía de su hija María Elena (1995) y los ensayos del propio Bellón y otros miembros del Instituto de Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén (Bellón et al., 2008; Ruiz et al., 2002, 2006)–, situación que sólo empieza a revertirse en fechas muy recientes (Caballero, 2010; Valdés, 2014).

Hay algunos detalles imprecisos en fechas concretas como el inicio de la docencia de Bosch Gimpera en la Univ. de Barcelona y la salida de Pericot de la Univ. de Valencia, o la atribución de Pericot a la escuela madrileña de Obermaier, tal y como cuidadosamente ha señalado Vidal (2015), que en nada empañan el estudio. La bibliografía utilizada es amplia y pertinente; quizás algún trabajo reciente podría matizar cuestiones periféricas (Gracia, 2012) y la curiosidad por la historiografía arqueológica que se hace más allá de nuestras fronteras –que en cualquier caso queda suficientemente atendida– podría incluir en el futuro conceptos como las “redes sociales” (Thornton, 2015) para ayudar a comprender mejor los intersticios que existen entre las instituciones, la política, el poder, las personalidades y la práctica arqueológica.

Urgoiti Editores ha ido cubriendo brillantemente, en su Colección Historiadores, los textos más clásicos de los grandes de la arqueología española de la primera mitad del s. xx. La perspectiva se va ampliando y pienso que va siendo hora de ampliar la mirada historiográfica hacia autores y textos de las primeras décadas de la segunda mitad del siglo pasado. La siguiente generación a la que me refiero podría estar integrada por prehistoriadores de la talla de Luis Pericot, Martín Almagro Basch, Joan Maluquer de Motes y Miquel Tarradell. El tiempo va haciendo clásicos a quienes hasta hace pocas décadas fueron nuestros insignes arqueólogos y profesores. En arqueología el futuro también se labra con la recuperación y profundización de los textos sobre el pasado. La editorial Urgoiti tiene la palabra.

Bibliografía

Almagro-Gorbea, M. (2014): “Hugo Obermaier y la Prehistoria en España”. En Marzoli, D.; Maier, J. y Schattner, Th. G. (eds.): Historia del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid. Faszikel 1: Antecedentes y formación del Departamento de Madrid. Iberia Archaeologica, Band, 14. Madrid: dai, pp. 167-186.

Bellón, J. P.; Ruiz, A. y Sánchez, A. (2008): “Making Spain Hispanic: Gómez-Moreno and the Iberian archaeology”. En Schlanger, N. y Nordbladh, J. (eds.): Archives, Ancestors and practices. Archaeology in the Light of its History. Oxford: Berghahn Books, pp. 305-334.

Caballero, L. (2010): “Vida y trabajo de Manuel Gómez- Moreno, con la arquitectura altomedieval como tema”. En Coloquio Centenario del Centro de Estudios Históricos. Madrid: csic. (http://digital.csic.es/bitstream/ 10261/33337/1/Gomez-Moreno_Manuel. pdf; [acceso: 28-04-2016]).

De Mortillet, G. (1883): Le Préhistorique. Paris: Reinwald.

Díaz-Andreu, M. y Cortadella, J. (2006): “Succes and Failure: alternatives in the Institutionalisation of preand proto-history in Spain (Hernández Pacheco, Obermaier, Bosch Gimpera)”. En Callmer, J.; Meyer, M.; Struwe, R. y Theune-Vogt, C. (eds.): The Beggining of academic Pre- and Protohistoric Archaeology (1830-1930) in a European Perspective. Berlin: Verlag, Marie Leidorf, pp. 295-305.

Gracia, F. (2012): Arqueología i politica. La gestió de Martín Almagro Basch al capdavant del Museu Arqueològic Provincial de Barcelona (1939-1962). Barcelona: Publicacions i Edicions Univ. de Barcelona.

Maluquer de Motes. J. (1958): La Humanidad Prehistórica. Barcelona: Montaner y Simón.

Moshenska, G. (2013): “Why the history of archaeology matters: a response to Mees”, Post-Medieval Archaeology, 47 (1), pp. 247-251.

Ruiz, A.; Bellón, J. P. y Sánchez, A. (coords.) (2006): Los archivos de la arqueología ibérica: una arqueología para dos Españas. Jaén: Univ. de Jaén.

Ruiz, A.; Sánchez, A. y Bellón, J. P (2002): “The History of Iberian Archaeology: One archaeology for two Spains”, Antiquity, 76, pp. 184-190.

Thornton, A. (2015): “Social Networks in the History of Archaeology. Placing Archaeology in its Context”. En Eberhardt, G. y Link, F. (eds.): Historiographical Approaches to Past Archaeological Research. Berlin: Berlin Studies of the Ancient World, pp. 69-94.

Valdés, F. (2014): “Manuel Gómez-Moreno Martínez: the birth of Islamic Archaeology in Spain/Manuel Gómez-Moreno Martínez: el nacimiento de la Arqueología Islámica en España”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid, 40, pp. 193-208.

Vidal, J. (2015): “Recensión de Gómez-Moreno, M. Adam y la prehistoria. Estudio preliminar de Juan Pedro Bellón. Pamplona, Urgoiti Editores”, Índice Histórico Español (https://www.academia.edu/19938920/Recensi%C3%B3n_M._G%C3%B-3mezMoreno_Adam_y_la_prehistoria [acceso: 29- 04-2016]).

Publicada en Zephyrus, Vol. LXXVII, enero-junio 2016, pp. 221-224.

Leer a Danvila (1830-1906) nos sitúa en el ámbito de unos historiadores ciclópeos ‒por su volumen de páginas e intereses‒ que poblaron la España de la Restauración hasta la segunda década del siglo XX.

MicaletSu génesis se sitúa en los ideales de la revolución de 1868 ‒conservadoramente interpretados‒ y su muerte viene precipitada por la irrupción de los historiadores “profesionales” (universitarios) que nunca dejaron de verlos como meros “aficionados”. Pero en sus años de esplendor ‒apenas una generación‒ implantaron una aspiración que se convertiría en recurrente: la historia es una ciencia, la historia aspira a la verdad, la historia procede de la investigación.

La historiografía ‒terreno fértil a la impiedad‒ ha develado de estos hombres su grandilocuencia y filisteísmo, así como su desorejado compromiso político so capa de pura ciencia. Tiene razón. Pero queda lo otro, su “positivismo”, su afán de no aceptar sino lo que se ha podido comprobar.

Más difícil es perdonar a algunos de ellos lo mal que escribían. Sin embargo, no es el caso de Danvila.

Prehistoria para el gran público

Libro

Edición original. Premio Juan March de Historia

Hasta hace unos años -y aún hoy- la prehistoria presentaba un inmenso obstáculo para el público lector: no se ofrecía en forma de relato sino en forma de ‘evidencias contrastadas’. Así resultaba difícil enlazar aquel pasado con el presente. Por eso, la persona culta no leía prehistoria y ésta pertenecía a sus especialistas.

Si la prehistoria no se abría al público se debía a que era una ‘ciencia’: hablaba de hechos, no de suposiciones. Y un relato es siempre una suposición que enlaza hechos. De alguna manera, ‘ciencia’ e ‘historia’ (en su uso coloquial) eran incompatibles.

A sus 88 años de edad, Gómez Moreno publica Adam y la prehistoria. Conocedor de la autoridad que posee como ‘científico’, plantea la posibilidad de que la ciencia se abra a la historia y lo empírico a lo transcendental. E intenta mostrarlo en el campo que a él le era propio: la arqueología. Todo un ejemplo de esfuerzo divulgativo.

Lo curioso de este libro es que siempre ha sido tratado con respeto.

Un recuerdo de 1927. Las dos Españas

Nuno 1927Hace un tiempo tuvimos noticias de Nuno Fidelino de Figueiredo, que, a sus 93 años, nos envió una cariñosa carta desde São Paulo para mostrarnos su «grande surpresa e uma dupla e muito grata satisfação» por la edición de Las dos Españas. «A primeira gratificação em mim produzida por essa vossa iniciativa –dice– tem relação com o ato de justiça em relação à memoria de Fidelino de Figueiredo que vossa iniciativa representa, e que resgata como elegante espirito de justiça um esquecimento somente explicável pelo “divórcio espiritual” que, bem patente algumas vezes, impera ela península entre sus dois principais povos».

Nuno nos envía también una vieja fotografía, tomada en Madrid en 1927, donde aparece, muy niño, de la mano de Fidelino, y nos participa que fue él el primero en felicitar a su padre por las conferencias que, en 1932, dieron lugar a su libro Las dos Españas, como atestigua la dedicatoria de su padre en este libro, que aún conserva: «Nuno, meu rico filho. Tu foste a primeira pessoa que me felicitou em 1932 por estas conferencias». Un bello testimonio, para nosotros simbólico y enriquecedor, que hemos querido trasladar a nuestros amigos y lectores.

La historiografía europea de los años 50 y 60 era aún muy ‘nacional’, en el sentido de que la francesa era muy francesa, la inglesa muy inglesa y la italiana muy italiana. Había, ciertamente, modos internacionales de construir y abundantes relaciones entre historiadores de distintas naciones, pero nada podía impedir que fuera distinto el analismo francés al germano, o el marxismo inglés al italiano. Quizá incluso pudiera hablarse de una cierta ‘coquetería de la diferencia’ en cada una de estas historiografías nacionales, con independencia de reconocer -como se reconocía- la primacía de la historiografía francesa.

En España también existía una cierta historiografía nacional, es decir, un denominador común del hacer historiográfico. Desde luego, era de los más pobres y aislados de Europa occidental. Pero podía haberse mostrado, a fuer de nacionalista, orgulloso de sí mismo, y haber hecho ostentación de que España era diferente.

Esto no ocurrió. El mundo de los historiadores académicos españoles padeció un consciente complejo de inferioridad internacional. Lo escrito por los hispanistas era necesariamente mejor que lo escrito por los españoles, y el afortunado que había visitado universidades del exterior -por breve que hubiera sido la estancia- volvía nimbado por el aura de haberse lavado en el Ganges de la modernidad. Nadie contradecía este parecer: era evidencia asentada.

Felipe Ruíz Martin se benefició de esto, pero él fue realmente bueno.

Encuentro con Javier Arce

En la presentación de “Ejércitos, guerras y colonización en la Hispania romana”: http://www.urgoitieditores.com/ej%C3%A9rcitos-guerras-y-colonizaci%C3%B3n-en-la-hispania-romana (Museo romano Oiasso, Irún), el profesor Arce nos ilustró apasionadamente sobre la vida y obra de Antonio García y Bellido, desde que le fichó (tras invitarle a “un tercio” de cerveza) como ayudante para su cátedra de la Complutense en la Semana de Estudios Medievales de Estella (Navarra) en 1970, donde él había presentado una comunicación: «Le ofrezco 10.000 ptas. y la posibilidad de una beca si se viene a Madrid para ser mi ayudante de clases prácticas en la Universidad Central. Con eso podrá ir al cine al menos una vez por semana» -le dijo. Por supuesto, era una oportunidad que no podía rechazar, aunque iba a ganar 7.000 ptas. menos. Arce se encargó de dar sus clases prácticas pero, además, el maestro le obligó a escribir reseñas en la revista Archivo Español de Arqueología y a presentar comunicaciones en los congresos, y le recomendó encarecidamente que visitara los lugares arqueológicos. Desde entonces, reconoce que, a pesar de no ser discípulo directo, ha procurado permanecer siempre fiel a su memoria y a sus modos de trabajar y entender la arqueología clásica. Javier Arce dibujó a García y Bellido como un hombre amable, confiado, generoso, aunque rígido y estricto y, por otro lado, como un científico independiente, intuitivo y osado en sus propuestas científicas, aunque estas fueran a contracorriente. Un arqueólogo para quien la autopsia, los viajes y el conocimiento directo del paisaje arqueológico eran esenciales en la profesión, y quien, por encima de todo –insistió- prefería la investigación personal.

Entre los asistentes a la presentación, que se desarrolló en un ambiente muy agradable, se encontraba una alumna de García y Bellido en aquellos convulsos años de finales de la dictadura que compartió sus recuerdos del profesor de arte romano serio y riguroso.

Sirvan estas líneas, también, de agradecimiento al Museo Oiasso y, especialmente, a Mertxe Urteaga y al profesor Arce, organizadores y promotores del evento.

Sobremesa palentina en 1952

Marcel Bataillon (1895-1977)

El azar depara en ocasiones situaciones únicas. Es lo que le ocurrió a Felipe Ruiz Martín, el autor de nuestro próximo libro La banca en España hasta 1782, una tarde primaveral de 1952. Aquel día, el entonces catedrático de instituto en Palencia, fue invitado por Fernando Unamuno (hijo del gran don Miguel) a tomar el café en su casa. Unamuno tenía un invitado especial, el gran Marcel Bataillon, “príncipe de los hispanistas”. Bataillon había publicado en 1937 su gran (¡y monumental!) obra, Erasme et l’Espagne, y por aquellos días visitaba el cercano archivo de Simancas para rebuscar entre sus legajos. Pues bien, en aquella sobremesa, Bataillon pudo comprobar con asombro que aquel humilde profesor de provincias (y en la España de los 50…) conocía perfectamente su obra, citando incluso pasajes y contenidos de memoria. A Bataillon, una vez de regreso en París, le faltó tiempo para comunicar a Fernand Braudel (el gran renovador de la historiografía europea) el “mirlo blanco” que había localizado en España. A los pocos meses Felipe entraba ya en el círculo de Braudel. Con el tiempo sería el más fiel amigo y discípulo español del maestro de la Escuela de los Annales, y, gracias, entre otras cosas, a este feliz encuentro, llegaría a ser el primer catedrático de Historia Económica de la universidad española.

“En defensa de la librerías”

Hoy 5 de enero, un gran día para las librerías, queremos hacernos eco del artículo que con este título publicaba Jorge Carrión en Cultura. El País (29-11-15), y promocionar, de algún modo, desde nuestro rincón de editorial pequeña, pero al mismo tiempo elegante, culta y luchadora, la campaña “benditas librerías” que nunca se ha llevado a cabo y que tanto merecen los viejos libreros “que nunca mueren” y cuya figura reivindicamos. Como escribe Carrión, en su memoria “se conserva un patrimonio que casi nunca se puede descubrir en las paredes de sus librerías o en sus páginas web”.

Mientras se publicita incansablemente la expansión de Amazon y se insiste en la extinción de las librerías, que no van a poder competir con el gigante norteamericano, nosotros sabemos que sobrevivirán “como centros emocionales, como centros culturales, como centros de distribución de libros a todos aquellos que siguen prefiriendo comprarlos en persona” y para los que “el papel de regalo, la dedicatoria o el café forman parte del ritual y de la artesanía que continuamos asociando con la cultura libresca”.

El artículo completo en http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/29/actualidad/1451383761_954736.html

Esquivando la censura

    La banca en España hasta 1782, el libro de Felipe Ruiz Martín que próximamente publicaremos en nuestra colección “Historiadores”, tiene una curiosa historia. Se publicó en 1970 en forma de largo artículo que abría un volumen colectivo titulado El Banco de España. Una historia económica. Pues bien, a pesar de que el libro venía avalado por tan alta institución y era prologado por el entonces gobernador del Banco, se cruzó por medio un incidente que condenó al libro, preciosamente editado, al ostracismo de los sótanos de tan alta institución. Desde entonces se convirtió en un objeto de culto entre los lectores y aunque fue llegando de manera subrepticia a los interesados, no pudo tener la difusión que merecía.

bunker-554239__180

Al fondo a la derecha… junto a los baños y tras el arpa

    Y es que nada menos que el famoso oro de Moscú tuvo la culpa. Resulta que en uno de los artículos del libro, el profesor Juan Sardá desmontaba el viejo tópico franquista sobre el destino de las famosas reservas. Pues bien, por aquellos días un ministro de Franco fue interpelado sobre cuándo iban a restablecerse las relaciones diplomáticas con la URSS. “¡Cuando nos devuelvan el oro!”, respondió dignamente el prócer. Algún funcionario se dio cuenta de que el reciente trabajo de Sardá dejaba en muy mal lugar a tan claro varón, por lo que precipitadamente se ordenó la retirada de la edición, que quedó silenciosa y cubierta de polvo, como el arpa de Bécquer, en algún ángulo oscuro de los sótanos ministeriales.